—Vamos á ver, Fulgencio, qué demonio traéis aquí los dos encerrados las horas muertas y charlando de tonterías...

—¿De tonterías, mujer?

—¿Y de qué otra cosa más que de tonterías pueden hablar dos hombres solos que se están dale que le das á la sin hueso?

—Mira que tú...

—Sí, hombre, que yo entiendo muy bien de todo; te lo he repetido mil veces, hasta de tus extravagancias...

—Es que tú eres una excepción...

—No, la excepción eres tú, Fulgencio... ¿Cuánto va á que murmuráis de nosotras, de las mujeres?

—¡Pero qué cosas se te ocurren...!

—Vamos, Fulge, seme franco; ¿á qué estabais murmurando?