—¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimiento de la especie?

—Resulta así.

—¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón el hombre, Avito?

—Eso decimos.

—Luego la mujer nace y el hombre se hace—agrega triunfalmente don Fulgencio.

—¡Luego!

—Y el matrimonio, mal que nos pese, amigo Carrascal, es el consorcio de la naturaleza con la razón, la naturaleza razonada y la razón naturalizada; el marido es progreso de tradición y la mujer tradición de progreso.

Carrascal mira, sin responder ya, al Simia sapiens, que parece reirse y luego al cartel de «si no hubiera hombres habría que inventarlos», mientras el filósofo se enjuga, con frote trasverso, la boca.

Cuando don Avito llega á casa está su anti-sobre-hombre besando en la garganta á Rosita que se agita riéndose á carcajadas, bajo el cosquilleo de la caricia, mientras lo contempla desde un rincón, con sus tristes ojos de genio. Apolodorín.

Y en tanto entra doña Edelmira en el despacho de su marido.