—¡Ah, las mujeres, rémora de todo progreso...! apenas si discurre...
—Hace que siente...
—Es un hombre abortado...
—Es el anti-sobre-hombre...
Y continúa el dúo, al acabar el cual, exclama don Fulgencio pensando en el Sócrates de los diálogos platónicos:
—¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y lo instintivo la mujer?
—Quedamos.
—¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?
—Así parece.