—Mi memoria eres tú...
—Y tu voluntad...
—¡Hombre, hombre...! ¡digo, mujer!
—Sí, aunque esté aquí este señor...
—Nada, que podía haberme perdido cinco mil pesetas... ¡Que Dios te lo pague, memoria mía!
—¿Dios?—pregunta don Avito así que se ha retirado doña Edelmira.
—Ya le tengo dicho cien veces que no tenga esa manía á Dios, que no padezca de teofobia que es mala enfermedad, y sobre todo á cada cual hay que hablarle en su lenguaje, so pena de que no nos entendamos; ¿qué más da, después de todo, decir Dios que decir...?
—Sin embargo...
—¿Y cómo hablar, si no, á las mujeres?