—Pero ¡qué cabellera de oro!
Y le pasaba la mano por la peluca.
—¡No seas burlón!—contestaba ella, ruborizándosele la frente.
—¿Burlón? ¿qué, es postizo? ¿y qué? ¿no somos nosotros mismos postizos y quitadizos?
Y le ha dado un beso.
—¡Treinta años. Fulge, treinta años!
—¡Treinta años, Mira!—y la ha abrazado, añadiendo:—¿te acuerdas?
Lo demás no ha podido oirlo Apolodoro porque doña Edelmira se ha levantado de pronto, exclamando: «quién anda ahí?» y ha entrado él enteramente confuso. Así es que el maestro no ha dado hoy pie con bola, y ahora se sueña Apolodoro con doña Edelmira.
Le tiene encargado su padre que le ponga por escrito su concepción del universo, y por más vueltas que le da á la cosa en la cabeza, nada sale. En primer lugar, ¿tiene acaso concepción alguna de semejante universo? ¿Concebirlo? si es que apenas empieza á olerlo.