—¡Tula!—gimió el enfermo, abriendo los brazos.
—¡Sí, Ramiro, sí!—exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole.
Juntaron las bocas y así se estuvieron, sollozando.
—¿Me perdonas todo, Tula?
—No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme.
—¿Yo?
—¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero el hombre... He huído del hombre...
—Tienes razón, Tula.
—Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.