Y a todos había que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto a sus padres perdidos.
¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son míos—pensaba Gertrudis—; tan míos como los otros, como los de mi hermana, más míos aún. Porque éstos son hijos de mi pecado. ¿Del mío? ¿No más bien el de él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡Sí, de mi pecado! ¡Pobre chica!» Y le preocupaba sobre todo la pequeñita.
XVII
Gertrudis, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un día hallarse dispuesta a cambiar de médico.
—¿Cómo así, Gertrudis?
—Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
—Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le hable claro.
—Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo último que dirá en esta casa.