—¡Quién sabe!...

—Diga.

—Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los niños.

—Pues vuélvase usted a casar.

—A eso voy.

—¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?

—Busco más que consejo.

—¿Que le encuentre yo novia?

—Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me entiende, Gertrudis?