—Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
—Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a los otros dos acaso...
—Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
—Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta regularmente rico.
—¿Y eso es todo?
—Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.
—Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
—Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no es eso?
—Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.
—¿De modo que...?