—Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi hermana, otra vez con otra...
—¿Caer?
—¡Caer, sí! ¡Y fué por soberbia!
—No, fué por amor, por verdadero amor...
—Por amor propio, padre—y estalló a llorar.
XX
Logró sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticas y se puso a vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo—le decía—y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no debes dejarla...»
—Pero, mamá, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar...