Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa, tranquila y medrosica Manolita.
—Mira, Caridad—le decía—, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi obra...
—Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar por la casa... Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse...
—Sí, sí, es así... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como perdida. ¡Claro, como criada con biberón!
—El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan poco...! ¡Y luego no se la oye reir nunca...!
—Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así... y además, no estoy triste...»
—Pues lo parece...
—Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?
—Usted, tía...
—¿Qué es eso de usted y de tía?