—Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me pareces alegre...

—¿Te parezco así? ¡Pues basta!

—Por lo menos a mí me alegras...

—Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.

—Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una...

—O no...

—¿Cómo no?

—Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe alegrarte, porque a limpia...

—¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen...