—Ven acá—le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se encontraban a solas, ocasión que acechaba—, ven acá, siéntate aquí, a mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes?
—Algunas veces...
—¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque ahí dentro, a oscuras... aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir: ¡si tarda, no!, si me apresuro yo...
—Pero, madre, no diga esas cosas...
—¡No digas, hija! Pero me siento derretir... ya no soy para nada... Veo todo como empañado... como en sueños... Si no lo supiera no podría ahora decir si tu pelo es rubio o moreno...
Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol...»
—Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica... Rosa...
—No, madre, sino Gertrudis... Tula, mamá Tula.
—¡Tula... bueno...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y chica...