—¡Por Dios, madre!

—¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo?

—Yo... no sé... no sé nada de eso, madre; pero...

—Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos... un chico y una chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del vientre materno... Algo así debe de ser el cielo...

—¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula!

—No ves que me he pasado la vida soñando...

Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la pobre Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah!, yo tengo la culpa—se dijo Gertrudis—, yo que con esto de la parejita de mi ensueño me he descuidado de esa pobre avecilla... Sin duda en un momento en que necesitaba de mi arrimo ha debido de cojer algún frío...» Y sintió que le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la cabeza, y se dispuso a cuidar a la enferma.

—Pero, madre—le decía Caridad—, déjeme que le cuide yo, que le cuidemos nosotras... entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.