—¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Si, sé que la guardas... Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella también y que se despida de mí... ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te acuerdas?
—Sí, madre, me acuerdo.
—¿De qué te acuerdas?
—De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar...
—Eso... eso... ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más?
—Sí, del cuento que nos contaste entonces...
—¿A ver, qué cuento?
—De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca...
—¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo...
—Sí, sí se acuerda, madre...