—Descansar... descansar... ¡tiempo me queda para descansar!

—Pero no te destapes así...

—Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo... y él, el otro, Ramiro... Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora abrazaditos... al calorcito...

Callaron todos un momento. Y al oir la moribunda sollozos entrecortados y contenidos, añadió:

—Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que hayáis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle... que no se ahogue él allí... o ahogaros juntos... en el albañal... servidle de remedio... sí, de remedio... ¿que morís entre légamo y porquería? no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas... no, no tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar... y hasta las alas se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no tenemos alas... a lo más de gallina... no somos ángeles... lo seremos en la otra vida... donde no hay fango... ni sangre! Fango hay en el Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia... fango que limpia, sí... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con fango... sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente... les lavan con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.

Le dió un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los álamos—sanguíneo su follaje también—que velan a sus orillas.


XXIV

¿Murió la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, e irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos, sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni madre ya ni mamá, ni aun tía Tula, sino sólo la Tía. Fué este nombre de invocación, de verdadera invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía.