—Ah, ¿queréis que os diga cosas de reir? Las tonterías ya nos las hemos dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer esto como se hace en los libros...
—Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar mucho.
—¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico dices? ¿Y qué sabe el médico? No le hagáis caso... Y además es mejor vivir una hora hablando que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además, así me distraigo y no pienso en mis cosas...
—Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en tus cosas...
—Ah, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? ¿Conque el padre Alvarez, eh?... el del remedio... ¿Y qué sabe el padre Alvarez? ¡Otro médico! ¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en que pensar... yo no tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos... las de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta... no he estado nunca ni viva ni muerta... ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy delirando...
—No, no digo eso...
—Sí, has dicho eso, te lo he oído bien... se lo has dicho al oído a Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas de Manolita. Pues si deliro... ¿qué?
—Que debes descansar...