Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia inmortal, le dijo:

—¡Perdóname, hermana, me he excedido... pero tu conducta me ha herido en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habría hecho la Tía en este caso... perdónamelo!

Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de su hermana, le dijo entre sollozos:

—¡Quien tiene que perdonarme eres tú, hermana, tú... Pero hermana... no, sino madre... ni madre... ¡Tía! ¡Tía!

—¡Es la Tía, la tía Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y guiarnos a todos!—concluyó Manuela.