—Así será; basta que tú lo digas.
—Ramiro..., Ramiro Cuadrado...
—¿Pero es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos! No hay más que hablar.
—A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar enamorado de ella...
—Y lo estará, Tulilla, lo estará...
—Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es hombre de vergüenza y de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha comprometido ya. No le creo hombre de volver atrás.
—¿Y ella?
—¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará lo mismo.
—Sabes más que San Agustín, hija.
—Esto no se aprende, tío.