—¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?
—¿Pero crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?
—¿Le quieres?
—Eso nada tiene que ver...
—¿Le quieres, di?
—Pues mira...
—¡Pues mira, no! ¿le quieres? ¡sí o no!
Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz tartamudeó:
—Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!
Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo: