—Este se llamará Ramiro, como su padre—decretó luego Gertrudis en pequeño consejo de familia—y la otra, porque la siguiente será niña, Gertrudis como yo.
—¿Pero ya estás pensando en otra—exclamó don Primitivo—y tu pobre hermana de por poco se queda en el trance?
—¿Y qué hacer?—replicó ella—; ¿para qué se han casado si no? ¿No es así, Ramiro?—y le clavó los ojos.
—Ahora lo que importa es que se reponga—dijo el marido sobrecojiéndose bajo aquella mirada.
—¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.
—Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido comadrona.
—Toda mujer nace madre, tío.
Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo a mi mujer como se merece?»—se decía.
—Y ahora, Ramiro—le dijo su cuñada—ya puedes decir que tienes mujer.