Y a partir de entonces no faltó Gertrudis un solo día de casa de su hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que su madre pudiera hacerlo.
La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se le mostraba esquivo.
—Temí por tu vida—le dijo su marido—y estaba aterrado. Aterrado y desesperado y lleno de remordimiento.
—Remordimiento, ¿por qué?
—¡Si llegas a morirte me pego un tiro!
—¡Quia! ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó y ya sé lo que es.
—¿Y no has quedado escarmentada, Rosa?
—¿Escarmentada?—y cojiendo a su marido, echándole los brazos al cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento que se lo quemaba:—¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y aunque me mates!
Gertrudis en tanto arrollaba al niño, celosa de que no se percatase—¡inocente!—de los ardores de sus padres.
Era como una preocupación en la tía la de ir sustrayendo al niño, ya desde su más tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las más leves y remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con su Niño en brazos.