Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía:
—Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido...
—Pero, Tula...
—Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a éste.
—Tienes, Tula, una manera de decir las cosas...
—No seas niña, ea, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a Dios que podamos así repartirnos el trabajo.
—Tula... Tula...
—Ramiro... Ramiro... Rosa.
La madre se amoscaba, pero iba a su marido.
Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña.