V

A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado—quería que fuese limpio a la tumba—con el mismo esmero con que había envuelto en pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo. «Nunca habría creído que le quisiese tanto—se dijo—; era un bendito; de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era tan sencillo!»

—Fué nuestro padre—le dijo a su hermana—y jamás le oímos una palabra más alta que otra.

—¡Claro!—exclamó Rosa—; como que siempre nos dejó hacer nuestra santísima voluntad.

—Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra voluntad. Fué nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara...

—Es verdad, sí—dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas—, como sencillo no he conocido otro.

—Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más limpio que éste.

—¿Qué quieres decir con eso, Tula?