Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un hilito de voz febril, le dijo cojiéndole la mano:
—Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis hijos, los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno, más bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los dejo, Tula.
—Descuida, Rosa; conozco mis deberes.
—Deberes... deberes...
—Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva.
—Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti.
—Pues no lo dudes.
—¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no tendrán madrastra!
—¿Qué quieres decir con eso, Rosa?
—Que como Ramiro volverá a pensar en casarse... es lo natural... tan joven... y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé... pues que...