—¡Pues yo sí!
—Quién sabe...
La pobre enferma se desvaneció.
Poco después llamaba a su marido. Y al salir éste del cuarto iba desencajado y pálido como un cadáver.
La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón.
—¿Y esa ama?
—¡Hasta mañana no podrá venir, señorita!
—Mira, Tula—empezó Ramiro.
—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un momento a otro; vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño!
—Pero, Tula...