»Cr.—¿Cómo ha de ser igual para el vil que para el noble?
»A.—Quién sabe si estas máximas son santas allí abajo...»
(Antígona, versos 511-521.)
¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió descubrir esa ley eterna, apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su tío, como una anarquista, no fué el que era, por terrible decreto del Hado, hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que había ejercido oficio de sororidad también.
El acto sororio de Antígona dando tierra al cadáver insepulto de su hermano y librándolo así del furor regio de su tío Creonte, parecióle a éste un acto de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la anarquía!»—declaraba el tirano—. (Antígona, verso 672.) ¿Anarquía? ¿Civilización?
Antígona, la anarquista según su tío, el tirano Creonte, modelo de virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo y, por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la civilidad política y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también la domesticación frente a la civilización. ¿Aunque es posible civilizarse sin haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no tienen como cimientos domesticidad y domesticación?
Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero no es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino sobre matrias y sororidad. Y habrá barbarie de guerras devastadoras, y otros estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que rijan las colmenas.
¿Guerras? El primer acto guerrero fué, según lo que llamamos Historia Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Caín. Fué una muerte fraternal, entre hermanos, el primer acto de fraternidad. Y dice el Génesis que fué Caín, el fratricida, el que primero edificó una ciudad, a la que llamó del nombre de su hijo—habido en una hermana—Henoc. (Gén. IV, 17.) Y en aquella ciudad, polis, debió empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra, como se ve, del fratricida. Y cuando, siglos más tarde, nuestro Lucano, español, llamó a las guerras entre César y Pompeyo plusquam civilia, más que civiles—lo dice en el primer verso de su Pharsalia—quiere decir fraternales. Las guerras más que civiles son las fraternales.
Aristóteles le llamó al hombre zoon politicon, esto es, animal civil o ciudadano—no político, que esto es no traducir—animal que tiende a vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra por cimientos, y ése es el hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil, urbano, fraternal y... fratricida. Pero ese animal civil, ¿no ha de depurarse por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar, ¿no ha de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al azar de los caminos? Y Antígona acompañó a su padre, ciego y errante, por los senderos del desierto, hasta que desapareció en Colono. ¡Pobre civilidad fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!...