—¿Vacío teniendo hijos?
—Pero ella es insustituíble...
—Así lo creo... Aunque vosotros los hombres...
—No creí que la quería tanto...
—Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y es que queremos a los muertos en los vivos...
—¿Y no acaso a los vivos en los muertos...?
—No sutilicemos.
Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «para que se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los juegos de los pequeñuelos.
—Es que yo soy chico y tú no eres más que chica—oyó que le decía un día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.