—Ramirín, Ramirín—le dijo la tía—, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser bruto, a ser hombre?

Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo:

—He sorprendido tu secreto, Gertrudis.

—¿Qué secreto?

—Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.

—Pues bien, sí, es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz y acabó por darme lástima.

—Y tan oculto que lo teníais...

—¿Para qué declararlo?

—Y sé más.