—No, pero...
—Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa.
—Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...
—Nuestra, sí, y de nuestros hijos...
—Si tú quisieras...
—¡No hablemos de eso!—y se levantó.
Al siguiente día se le presentó Ricardo.
—Pero, por Dios, Tula.
—No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.