—Pero, por Dios—y se le quebró la voz.

—¡Sé hombre, Ricardo, sé fuerte!

—Pero es que ya tienen padre...

—No basta; no tienen madre... es decir, sí la tienen.

—Puede él volver a casarse.

—¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.

—¿Y si llegases a serlo tú, Tula?

—¿Cómo yo?

—Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.

—¡Eso nunca!