Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le tocaba a rebato el corazón.
—¿Quién tiene la culpa de esto?, dime.
—Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque me quieren...
—Más que a mí—dijo tristemente el padre.
—Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso, ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos...
—Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito.
—Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de plazo para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te convenzas...
—Un año... un año...
—¿Te parece mucho?
—¿Y luego, cuando se acabe?