—Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces.
Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo secamente:
—Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.
—Pero es que...
—Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de Rosa.
—¿Pero de qué crees que somos los hombres?
—De carne y muy brutos.
—¿Y tú, no te has mirado nunca?
—¿Qué es eso?—y se le demudó el rostro sereno.
—Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma llena de cuerpo?