—Y qué culpa tengo yo...
—¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar mejor que éste? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin misterios. ¿Quieres más?
Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo que decir en la mesa:
—No me mires así, que los niños ven.
Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y hallándose presente el padre, añadió:
—Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también.
—Pero papá no se ha muerto, mamá Tula.
—No importa, porque se puede morir...
—Eso, también tú.