IX
Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel hogar. Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. El, por su parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de su madre, de su pobre madre. Cojía a la niña y allí, delante de la tía, se la devoraba a besos.
—No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate.
—¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?
—Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien.
—¿Y así?
—Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que los niños adivinan...