—Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la superiora.

—Menos me gusta mandar. ¿Ramirín?

El niño acudió al reclamo. Y cojiéndole su tía le dijo: «¡vamos a jugar al escondite, rico!»

—Pero Tula...

—Te he dicho—y para decirle esto se le acercó, teniendo cojido de la mano al niño, y se lo dijo al oído—que no me llames Tula, y menos delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los pequeños.

—¿En qué les falto al respeto?

—En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos...

—Pero si no comprenden...

—Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y si ahora no lo comprende, lo comprenderá mañana. Cada cosa de estas que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto. ¡Y basta!