—Gertrudis... Gertrudis—y su voz temblaba a súplica.
—Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los hijos de Rosa...
—Y tuyos... ¿no dices así?
—¡Y míos, sí!
—Pero si tú quisieras...
—No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con otro menos.
—¿Menos?—y se le abrió el pecho.
—Sí, menos.
—¿Y cómo no fuiste monja?
—No me gusta que me manden.