Y así se aplacó aquella lucha.
Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos.
No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y cosas así. «¿Labores de su sexo?—decía—, no, nada de labores de su sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos.»
Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole bajo: «No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aquí.»
Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para vestir santos, agregó: «¡o para vestir almas de niños!»
—Tulita es mi novia—dijo una vez Ramirín.
—No digas tonterías; Tulita es tu hermana.
—¿Y no puede ser novia y hermana?
—No.
—¿Y qué es ser hermana?