—¿Ser hermana? Ser hermana es...
—Vivir en la misma casa—acabó la niña.
Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fué ver si con su boca, chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con el de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el padre, que no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al jardín, que las perseguirían a muerte.
—No, eso sí que no—exclamó Gertrudis—; a las abejas no las toca nadie.
—¿Por qué? ¿Por la miel?—preguntó Ramiro.
—No las toca nadie, he dicho.
—Pero si no son madres, Gertrudis.
—Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que pican y hacen la miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los zánganos.
—Los zánganos somos nosotros, los hombres.