«Entonces sería vuestra madrasta»—pensó Gertrudis, pero no se atrevió a desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño.

—Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío...

Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le dijo:

—No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme...

—Me dijiste que te tomabas un plazo...

—Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu hijo, un papel de...

—¡Bueno, calla!

—Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa, recuerda a Rosa, ¡tu primer... amor!

—¡Tula!

—Basta. Y no busques madrasta para tus hijos, que tienen madre.