—Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido? ¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...

—Pero si no le dejo solo...

—Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique más claro...

—Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo. ¡Quien está sola soy yo! Sola... sola... siempre sola...

—Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»

—Pero si no me abraso...

—¿No se queja de su soledad?

—No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre, alude. No, no es esa. No me abraso...

—¿Y si se abrasa él...?