—Pero qué querías...

—Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.

Siguióse un congojoso silencio.

—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al Hospicio otra vez?

—A servir a otra casa.

—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar—y el hombre rompió a llorar.

—¡Pobre hombre!—murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya—. Me das pena.

—Ahora, ¿eh?, ¿ahora?

—Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo...

—¡Gertrudis! ¡Tula!