A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
—¿Más serio?
—Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
—Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
—¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
—¡Claro que sí!
—Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.
—¿Pero estás loca, Gertrudis?
—Quien está loco eres tú.