—Ven acá, o iré a traerte.
—¡Por Dios!—suplicó Ramiro.
La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
—Descubre la cara y míranos.
—¡No, señora, no!
—Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.
—Perdón, yo, señora, y a usted...
—No, te pide perdón y se casará contigo.
—¡Pero señora!—clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero Gertrudis!»