—Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible dejarte así. Porque tú estás ya... ¿no es eso?

—Creo que sí, señora, pero yo...

—No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...

—Pero se podría arreglar...

—Bien sabe aquí Manuela—dijo Ramiro—que nunca he pensado en abandonarla... Yo le colocaría...

—Sí, señora, sí; yo me contento...

—No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio, ¿no es eso?

—Sí, señora.

—Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre, y le tendrá. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y déjanos.

Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas: