—No lo sé.
—Que no lo sabes... Tula... que no lo sabes...
—No, no lo sé; te digo que no lo sé.
—Pero tus sentimientos...
—Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo. Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.
Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que en los partos de su hermana tuviera, y recojió al niño, una criatura menguada y debilísima, y fué quien lo enmantilló y quien se lo presentó a su padre.
—Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.
—¡Pobre criatura!—exclamó Ramiro sintiendo que se le derretían de lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne viviente y sufriente.
—Pues es tu hijo, un hijo más... Es un hijo más que nos llega.
—¿Nos llega? ¿También a ti?