—Sí, también a mí; no he de ser madrasta para él, yo que hago que no lo tengan los otros.

Y así fué que no hizo distinción entre uno y otros.

—Eres una santa, Gertrudis—le decía Ramiro—, pero una santa que ha hecho pecadores.

—No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos, santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.

—¡Mi mujer!...

—Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso despego y como a una carga?

—¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?

—¿Pero no lo estabas cuando la sedujiste?

—¿De quién? ¿De ella?