—Sí, que viene usted no sólo a que yo perdone a esa... muchacha, sino a ver si accedo a pretenderla para mujer, ¿no es eso? Cosa convenida, ¿eh?, y ella se resignará...
—Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi santa madre que esté en gloria, le juro...
—El segundo, no jurar...
—Pues le juro que es usted el que ahora se olvida, involuntariamente por supuesto, de quién soy yo, de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz.
—Si así fuese...
—Sí, así es, así—y pronunció estas palabras con tal acento que no dejaba lugar a duda.
—Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus explicaciones, que se las agradezco profundamente, que seguiré siendo su amigo, un amigo leal y noble, pero sólo amigo, ¿eh?, nada más que amigo, sólo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano en que se puede tocar a todo antojo, que no soy un hombre de hoy te dejo y luego te tomo, que no soy sustituto ni vicenovio, que no soy plato de segunda mesa...
—¡No se exalte usted así!
—¡No, si no me exalto! Pues bien, que sigo siendo su amigo...
—¿E irá usted pronto a vernos?