—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos de hablar claro, he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted por su parte, creo...
—En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó su señora tía y de lo que adivino no podría, aunque lo deseara, pretender cotizar mi generosidad...
—¿Estamos, pues, de acuerdo?
—De perfecto acuerdo, señorita.
—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos?
—Podremos.
Le tendió a Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento temblaba.
—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad a mí...
—¿Qué?
—Acaso ante el público...