—¿Qué? ¡Hable! ¡hable!

—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he renunciado ya a ciertas cosas...

—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.

—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?

«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.

—¡Eugenia!—exclamó, y le temblaba la voz.

—¡Augusto!—susurró rendidamente ella.

—Pero ¿y qué quieres que hagamos?

—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia!

Augusto fué dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.